Devastadores a una velocidad de más de 64.000 kilómetros por hora, compuestos de piedra y metal, la ciencia astronómica considera a los asteroides asesinos de la Humanidad. Restos cósmicos provenientes del comienzo del Universo, de la explosión de una supernova, o de la colisión de planetas u otros cuerpos estelares que, proyectados a través del espacio son auténticos misiles que pueden tener el tamaño de una gran ciudad.

En los límites de nuestro sistema solar existe una zona que se conoce como “Nube de Oort”, más allá de Plutón y que se compone de millones de estos asteroides. Los estudios geológicos realizados en diferentes lugares terrestres señalan que cada 26 millones de años, una catástrofe devastó nuestro planeta como consecuencia de un gran impacto de asteroide; muy probablemente y de manera cronológica, el cinturón de asteroides de Oort desplaza un gigantesco monstruo capaz de devastar cualquier planeta que aparezca a su paso.

nube de Oort 1

Nube de Oort

Nuestro satélite, la Luna es una muestra de la inmensa actividad de los asteroides que viajan y se han estrellado contra él. Al no disponer de agua ni atmósfera, la desnudez de la Luna deja a simple vista las cicatrices de los impactos en sus cráteres. Lamentablemente la gravedad de los planetas atrae a los asteroides cercanos dentro de su campo de atracción; en el caso de la Luna, su falta de atmósfera hace posible que el impacto sea directo con toda la fuerza su atacante.

La atmósfera terrestre sin embargo posee un escudo poderoso que en el caso de la entrada de un asteroide puede llegar a pulverizar pequeños asteroides incluso del tamaño de un autobús, incluso reducir su tamaño en trozos más pequeños limitando la peligrosidad del impacto. No siempre la Tierra goza con la suerte de que un cuerpo celeste tenga un tamaño tan “pequeño” sino que, como ocurrió hace unos 65 millones de años, un asteroide de 11 kilómetros de diámetro devastó gran parte de la vida animal de todo el planeta cayendo sobre la península de Yucatán en México.

Si bien la atmósfera terrestre ralentiza la velocidad del asteroide con la fricción de sus capas, un asteroide de grandes dimensiones entraría a más de 12.000 kilómetros por hora estallando a cierta altura del suelo creando una onda expansiva similar a la de miles de bombas atómicas que se desplazaría a través de toda la corteza terrestre provocando incendios masivos, terremotos y erupciones volcánicas.

El impacto medioambiental producido por el asteroide sería catastrófico; nubes de ceniza y escombros se elevarían hacia el espacio para después volver a caer sobre la Tierra en otra lluvia de pequeños asteroides que caerían de manera aleatoria por todo el planeta. Las partículas ardientes de gas y hollín ocultarían la luz del sol posiblemente durante años creando un invierno nuclear exterminando gran parte de la vida animal y vegetal haciendo desaparecer especies.

Hace ya casi tres siglos que se conoce la existencia de asteroides que paulatinamente se han ido clasificando y ya en la segunda década del siglo pasado se contabilizaban más de mil; a finales del siglo XX se contabilizaban más de 10.000 y ya, a principios de este siglo llegaban hasta los 50.000. Sin duda, a medida que la tecnología ha incrementado la potencia de los telescopios tanto terrestres como orbitales, sabemos que millones de cuerpos pueden apuntar su trayectoria hacia la Tierra.

“Ceres”, el más grande de los conocidos con un diámetro de 945 kilómetros contiene elementos metálicos y agua en su núcleo. “Palas” y “Vesta” serían los siguientes en tamaño con algo más de 500 kilómetros de diámetro y que están alojados en el cinturón de asteroides entre Marte y Júpiter.

La NASA observa desde diferentes puntos del planeta y del espacio la proximidad de estos objetos pero eso no nos garantiza que un día el descubrimiento de uno de estos monstruos incandescentes imparables no nos haga desaparecer de la misma manera que lo hicieron los dinosaurios tras el impacto de Yucatán.

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